Revista: SHARE INTERNACIONAL
Ejemplar: Enero/Febrero 1997
Título: Cartas de Lectores sobre Experiencias de Maitreya y los Maestros

CARTAS AL EDITOR -- ENERO/FEBRERO 1997

Cuando se escriba a la sección de cartas de Share International, por favor indicar si desea que su nombre sea omitido. En ausencia de indicaciones los editores asumirán que el nombre puede publicarse. A menos que se pida lo contrario, algunas de estas cartas podrían ser reproducidas en nuestra página web. Allí sólo se utilizarán iniciales, ciudad y país.
Debido al espacio disponible, en esta sección sólo se publicará una selección de todas las cartas que se publican en la versión inglesa de la revista.
Debido al creciente número de cartas recibidas, podrían pasar meses hasta que una carta fuera publicada. Por favor abstenerse de enviar una misma carta más de una vez, puesto que puede causar retrasos y confusión.

Durante muchos años, algunos de los Maestros, en especial Maitreya y el Maestro Jesús, se han aparecido en las conferencias y Meditaciones de Transmisión de Benjamin Creme. Ellos también se aparecen, con diferentes disfraces, a un gran número de personas en todo el mundo. Algunas personas envían sus experiencias a la revista Share International. Si las experiencias son autentificadas por el Maestro de Benjamin Creme, las cartas son publicadas.
Estas experiencias son dadas para inspirar, guiar o enseñar, a menudo para curar e inspirar. Muy a menudo, también, llaman la atención, o comentan, de una forma divertida, alguna intolerancia fija, por ejemplo, fumar o beber. Muchas veces los Maestros actúan como “ángeles” salvadores en accidentes, durante tiempos de guerra, terremotos y otras catástrofes.
Ellos utilizan un ‘familiar’, una forma mental, que parece totalmente real, y a través de la cual los pensamientos del Maestro pueden expresarse: Ellos aparecen como un hombre, una mujer, un niño, a voluntad. Ocasionalmente Ellos utilizan el ‘patrón’ de una persona real, pero en la mayoría de las veces el ‘familiar’ es una creación completamente nueva. Las siguientes cartas son ejemplos de este tipo de comunicación de los Maestros.


Lo que se pierde por un lado se gana por otro

Estimados Editores,

(1) En 1990 conducía hacia Guildford, encontrándome muy alterada debido a varios problemas. Mientras bordeaba la transitada rotonda de Shepherds Bush mi coche se detuvo en el carril del medio. Los coches no paraban de adelantarme y esquivarme rápidamente por detrás – en ese momento estaba tan turbada que no pude evitar ponerme a llorar. Era la gota que colmaba el vaso. Dije en voz alta: "Oh Dios. ¿Qué voy a hacer ahora?" De pronto oí unos golpecitos en la ventanilla y un hombre joven, de unos 30 años, que vestía de forma informal con vaqueros, dijo: "He dado la vuelta un par de veces, y he venido para ayudarte. Mi hijo está en el asiento trasero de mi coche." Me sentí muy aliviada y sorprendida de que alguien se hubiera tomado la molestia de invertir su tiempo ayudándome. Su cabello era moreno y rizado, y su rostro amable y sonriente. Empujó el coche a un lado de la rotonda mientras yo manejaba el volante. Aparqué y salí del vehículo. Me preguntó cómo me las arreglaría, y yo le contesté que llamaría a Asistencia en Carretera (AA). Me preguntó si sabía dónde había un teléfono, y los dos pudimos ver uno que estaba por ahí cerca. Se aseguró de que yo me encontrara bien y le di las gracias varias veces. Le saludé con un gesto mientras cruzaba la carretera – ¡pero no recuerdo haberle visto entrar en el coche! – en realidad, ¡no sé ni a dónde se dirigió! Los de AA vinieron en seguida para ayudarme y pude salir de Londres sintiéndome realmente contenta. El irradiaba tanta buena voluntad que me sentí muy positiva y optimista después de los anteriores sentimientos de nerviosismo y auto-compasión.

(2) En mayo de 1996 sucedió una experiencia parecida. Por la mañana, le había contado este suceso a una amiga y luego, más tarde, me dirigía también en coche a Guildford. Después de salir de la autopista y adentrarme en las afueras de la ciudad, mi coche se paró haciendo un ruidoso estallido – justo en el medio de una pequeña rotonda. Me las arreglé para llevarlo lentamente hacia el bordillo, pero no era un lugar muy seguro. Sin embargo, el sitio no pudo haber sido mejor, pues al cabo de cinco minutos ya había llamado a Asistencia en Carretera y me había comprado pescado y patatas fritas para comer dentro del coche mientras esperaba. Muchos conductores tocaban el claxon y me hacían gestos de desaprobación, obviamente enfadados por el lugar tan inapropiado que había escogido para tomar mi picnic. La situación resultaba bastante divertida y continué como si nada. Nadie pensó en parar y ayudarme – hasta que oí de nuevo unos golpecitos en la ventanilla. Procedí a bajarla, mientras un hombre alto de apariencia afro-caribeña, de unos 35 años, con dientes relucientes y amplia sonrisa, se inclinaba y decía: "He dado la vuelta un par de veces, y he venido para ayudarte." Me di cuenta de que conducía un coche negro destartalado que parecía estar un poco fuera de lugar en una ciudad de 'clase media' como Guildford. ¡Estaba tan encantada de que hubiera visto mi situación y acudido en mi ayuda! El empujó el coche desde el capó y yo lo iba dirigiendo con el volante hasta un carril lateral, siguiendo sus instrucciones. Cuando el coche ya estaba en un lugar resguardado, salí y le agradecí por todo. Me preguntó si me encontraba bien y yo le contesté que los de Asistencia en Carretera venían pronto. El parecía muy contento y sonreía todo el tiempo. Lentamente entró en su coche y se despidió con un gesto mientras bordeaba con el coche la rotonda y se desviaba por la salida opuesta. Yo me sentía boyante y el mundo no me preocupaba para nada. Recuerdo que pensé: "¡Qué típico que un hombre de color me ayudara después de que muchos otros pasaran por delante de mí con sus elegantes coches!"

Un noble vagabundo

(3) Hacia mayo de 1992 tuve otro encuentro poco común. Mi madre había fallecido recientemente y aunque lo acepté bien, a veces me sentía un poco triste. Una mañana cogí el autobús para ir a trabajar a las 6.45 y no pude evitar observar a un vagabundo hindú que estaba sentado al lado izquierdo del asiento del fondo. Tenía una barba larga, espesa y negra, sus ojos eran de un intenso marrón y sus ropas no eran más que harapos. A su lado tenía dos bolsas blancas de plástico. Era extraordinario – de la cabeza a los pies iba cubierto por pequeñas piezas de ropa blanca. No llevaba zapatos – sólo harapos. Nadie se sentó a su lado – olía un poco a 'vagabundo'. Yo me senté cerca de él a su derecha y no paraba de mirarle fascinada, pero nuestras miradas nunca se cruzaron. En su mano sostenía un billete de autobús y tenía un aspecto muy majestuoso. Me preguntaba quién podía ser – ¡resultaba tan poco corriente! Me hizo un vuelco el corazón al pensar que podía ser Maitreya, pero en realidad nadie parecía encontrar nada de extraño, así que estaba un poco confundida. Bajé del autobús, descontenta por no haberle hablado, y pensé en él durante buena parte del día.

A la mañana siguiente estaba de nuevo en el autobús. Ambos nos sentamos en el mismo sitio y él tenía exactamente el mismo aspecto – sosteniendo en la mano su billete de autobús. Yo seguía mirando a mi alrededor, y justo antes de que me bajara me acerqué a él y le di algo de dinero. "Aquí tiene un poco de dinero para comer algo", le dije. El extendió su mano, cerró sus ojos e hizo una inclinación de agradecimiento con la cabeza , sin decir ni una palabra. Tenía un aspecto muy noble y sus ojos eran profundos y cristalinos. Salí del autobús y me pregunté de nuevo si sería Maitreya. Al día siguiente – ahí estaba de nuevo. Esta vez me senté delante de él, mirando disimuladamente a mi alrededor. Aún así, nunca nos cruzamos la mirada. Pensé otra vez en darle algo de dinero, así que antes de bajarme me acerqué a él y coloqué unas monedas en su mano. De nuevo, hizo un gesto elegante con su cabeza, pero no pronunció ni una palabra. Cuando me encontraba en la acera, observé como el autobús se alejaba, y le vi levantarse, recoger sus bolsas y sentarse en mi asiento.

Feliz hora

(4) Una noche de primavera de 1996, ya tarde, después de la Meditación de Transmisión, el coche no me arrancaba. Estaba muy oscuro, y no tenía muchas ganas de ir andando sola a casa, así que fui hasta la carretera principal y allí me pregunté qué hacer. La calle estaba desierta y un poco preocupada pensé: "Me arreglaría con un taxi". Inmediatamente, ¡se acercó por ahí un taxi negro! El conductor era un hombre afro-caribeño, de unos 65 años, un poco calvo, de brillantes mejillas y mirada risueña. Estaba indescriptiblemente contento y su jovialidad resultaba altamente contagiosa. Me preguntó dónde había estado, y me dijo que no era muy aconsejable ir a casa andado a esas horas de la noche. Por un momento pensé en la experiencia de Maitreya de un amigo, que lo llevó en una furgoneta, y me pregunté si el conductor podía ser...? Conducía de forma despreocupada, desviándose un poco bruscamente en las curvas. Observé que le debía gustar mucho este trabajo, ya que estaba tan contento. Yo esperaba que el precio no ascendiera a más de una libra y media, porque eso era todo lo que llevaba encima. Mientras nos acercábamos a mi apartamento, me dijo que ¡el precio era de una libra y media! Le di el dinero y me disculpé por no poderle dar una propina. Su rostro se encendió con una amplia sonrisa e inclinó su cabeza riendo, y dijo: "Es suficiente. ¡Te quiero!" Subí las escaleras de mi apartamento realmente contenta.

Más vale tres pájaros en mano...

(5) El 2 de julio de 1996 estaba pasando el día en Nueva York. Justo acababa de visitar el Museo Metropolitano de Arte, y andaba por una calle cercana. Mientras esperaba en un semáforo observé delante mío a un hombre que estaba pidiendo, recostado contra una pared. Había dos ancianas delante de él que me impedían verlo. Al acercarme a él vi que el hombre tenía unos 35 años, era rubio y vestía ropa vaquera. Estaba ligeramente bronceado, y su rostro estaba totalmente afeitado. Lo extraño es que ¡en su brazo izquierdo reposaban tres pequeños estorninos! Piaban ruidosamente y daban saltitos de forma juguetona. Las dos ancianas se inclinaron y le hicieron algunas preguntas. Escuché que les decía: "Los entrené desde muy pequeños." Yo también me sentía fascinada , pero tenía mucha prisa por coger el avión, y no quise pararme a hablar. En vez de eso le di algo de dinero, él se inclinó y me obsequió con una maravillosa sonrisa, dándome las gracias. Tenía unos ojos azules claros y una mirada muy sana y saludable. Mientras yo me alejaba, eché una mirada alrededor deseando tener tiempo para hablar y darme cada vez más cuenta de cuán extraordinario era.

¿Podría por favor decirme si estas experiencias fueron encuentros con Maitreya?

G. F., Londres, Inglaterra.

(El Maestro de Benjamin Creme confirma que todas estas cinco experiencias fueron de Maitreya.)


En forma de turbante

Estimados Editores,

Hace años, poco tiempo después de unirme a un grupo de Meditación de Transmisión en Londres, hice un pacto conmigo misma: que nunca pediría señales de la presencia de Maitreya.

No obstante, después de leer cartas describiendo experiencias del Señor Maitreya y el Maestro Jesús, mi propósito empezó a tambalearse un poco. De vez en cuando surgía un diálogo interno que se debatía entre un deseo y un recordatorio del 'pacto' que me había hecho.

En septiembre de 1994 Benjamin Creme se encontraba en Holanda para impartir una conferencia y asistir al fin de semana internacional de Transmisión. El día después de la conferencia del Sr. Creme me encontraba hablando por teléfono, un teléfono que tenemos en la repisa de la ventana. Mientras me encontraba allí, vi a un hombre alto vestido con una túnica blanco marfil cruzando la calle frente a nuestro apartamento (llevaba una vieja y típica bicicleta holandesa con él) hasta llegar a la acera que pasa por el Centro de Información de Share International que está a pocos metros de nuestra puerta. El ángulo de visión de nuestras ventanas es muy estrecho, pero moviéndome un poco pude verlo en la esquina. Mientras tanto, la conversación telefónica continuaba, y todo lo que describo aquí lo registré sólo prestando la mitad de mi atención.

Una sorprendente característica de su atuendo era su enorme turbante –la clase de turbante que se encuentra en las ilustraciones de Las mil y una noches; debajo de la larga túnica, sin arrugas e impecable, llevaba unos pantalones holgados del mismo color. Esa esquina acostumbra a estar llena de gente, pero su aplomo, mientras se quedaba mirando intensamente en el escaparate del Centro de Información (en el que se expone una fotografía ampliada de Maitreya en Nairobi), creó una isla de tranquilidad. Tenía barba, una nariz aguileña, su tez era de un moreno dorado y sus cejas negras. Era alto, elegante, delgado; de hecho, se parecía mucho a Maitreya en la fotografía de Nairobi.

Al día siguiente, me encontraba prácticamente en el mismo lugar donde el hombre del turbante había estado, cuando se me ocurrió mirar a una furgoneta que conducía a gran velocidad, y con un obvio entusiasmo en su actividad, frente a la esquina del Centro de Información. El conductor, también, llevaba un gran turbante, pero lo llevaba inclinado a un lado, lo que me permitía ver un mechón de su cabello moreno y rizado salir por debajo del turbante. El también iba vestido de blanco marfil, el estilo del cuello y los hombros idénticos a los vistos el día anterior. Juzgué que ese hombre era más joven, también tenía una barba oscura pero su piel era más blanca, dándome una impresión de poder y energía físicos.

A otras personas esto les puede parecer insignificante, pero para mí esto es otro ejemplo de omnisciencia y de amor y compasión esmerados y humorísticos. Omnisciente porque mi insignificante diálogo interno era conocido por ellos; esmerado y humorístico porque su acción era acorde y reflejaba precisamente mi dilema interior – yo les veía, pero su rostro no completamente. No intercambié miradas con ninguno de los dos. Una rápida mirada, y sólo registrada con la mitad de mi atención; aún así la energía que ambos pudieron irradiar en aquellos escasos segundos es asombrosa. ¿Pudo haber sido el primer hombre el Señor Maitreya, y el segundo el Maestro Jesús?

F. E., Amsterdam, Holanda

(El Maestro de Benjamin Creme confirma que el primer hombre era Maitreya y el segundo el Maestro Jesús.)


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